Lectio Divina, según la Exhortación Apostólica Verbum Domini

En el punto 87, de la Exhortación Apostólica Postsinodal, el Papa Benedicto XVI, nos presenta la lectio Divina, diciéndonos, que “sólo la Palabra de Dios, es capaz de abrir al fiel no solo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente”.


Nos recuerda brevemente cuáles son los pasos fundamentales:


  1.  Se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos.

  2. Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente.

  3. Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia.

  4. Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor?

  5. Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad.



San Pablo, en la Carta a los Romanos, dice: «No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). En efecto, la contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente de Cristo» (1 Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento, «es viva y eficaz, más tajante que la espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).


Encontramos sintetizadas y resumidas estas fases de manera sublime en la figura de la Madre de Dios. Modelo para todos los fieles de acogida dócil de la divina Palabra, Ella «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51). Ella sabía encontrar el lazo profundo que une, en el gran designio de Dios, acontecimientos, acciones y detalles aparentemente desunidos. Quisiera mencionar también lo recomendado durante la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, (que elaboró esta Exhortación Apostólica Verbum Domini), en octubre de 2008, sobre la importancia de la lectura personal de la Escritura como práctica que contempla la posibilidad, según las disposiciones habituales de la Iglesia, de obtener indulgencias, tanto para sí como para los difuntos.


La lectura de la Palabra de Dios nos ayuda en el camino de penitencia y conversión, nos permite profundizar en el sentido de la pertenencia eclesial y nos sustenta en una familiaridad más grande con Dios. Como dice San Ambrosio, cuando tomamos con fe las Sagradas Escrituras en nuestras manos, y las leemos con la Iglesia, el hombre vuelve a pasear con Dios en el paraíso.



Debe haber de nuestra parte una mayor motivación a la “Lectio Divina”. Esta consiste, dicho de modo sintético, en preguntarse ante la Palabra de Dios:

  1. ¿Qué dice el texto?
  2. ¿Qué me dice?
  3. ¿Qué le digo?
  4. ¿Cómo lo llevo concreto a mi vida?.

En el texto de las bodas de Caná está muy claro en la expresión de María; “Hagan todo lo que Él les diga”, es evidente que para poder hacer es fundamental conocer y entender lo que “Él dice”. Por esto, es tan importante el acercamiento a la Palabra. “La Palabra crece con aquellos que la leen”. Produce frutos en nosotros, moldea nuestro corazón, es viva y eficaz.



En el discurso inaugural de Aparecida, el Papa Benedicto XVI expresaba, “es condición indispensable el conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios. Por esto, hay que educar al Pueblo en la lectura y meditación de la Palabra: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vea que las Palabras de Jesús son espíritu y vida. De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo?  Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero en la Roca que es la Palabra de Dios (Cfr. Ricardo E. Facci. Tiempo de siembra, tiempo de frutos. HNEdiciones, 2008, Pág. 49).

 










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